jun 18 2009

Biografía

Hoy, penúltimo día de clase, ha sido el más… espacioso de mi vida. En mi clase somos 30. Hemos terminado 7. De las 6 clases, 4 las hemos pasado en el aula de Informática. Y, cómo no, el Reno Renardo ha estado presente. En una de las “aburridas”, Ciencias Sociales, hemos hecho una redacción, con dos condiciones: se titulaba “Biografía”, y debía empezar así:

18 de Junio de 2030. Me llamo [insert name] Juan Aguarón de Blas. Estoy tranquilamente en mi casa, y he decidido contaros mi vida.

¿Una hora por delante para inventarme paparruchas de que soy rico y trabajo en una empresa? No. Algo mucho más divertido:

Nací en una soleada mañana de Junio de 1994. Crecí hacia arriba en Zaragoza, y fui al colegio Cardenal Xavierre, ahora derruido. Pasé allí una gran parte de mi vida. Nada más terminar el último curso, me compré un boleto de lotería que resultó ser premiado. Multimillonario de la noche a la mañana.
Algunos años después, habiendo salido ya de la Universidad, me encontraba leyendo tranquilamente en mi casa, cuando oí un gran estruendo: montones de aviones pasaban sobre la ciudad. Preguntándome si no sería algún día señalado, abrí la tapa de mi ordenador, y me enteré de que eso mismo estaba ocurriendo por todo el mundo, sin ningún motivo aparente. Al parecer, las naves provenían de la desierta isla de Pascua. Salí al balcón, y me di cuenta de que un extraño olor acre inundaba la calle. Con los ojos lacrimosos, volví a entrar en casa. Ahora, enchufé la tele. Curiosamente, muchas cadenas no funcionaban, y las que lo hacían iban desapareciendo poco a poco. Intrigado, volví al portátil. Extraño. Internet iba mucho más rápido que de costumbre. Encontré algunos vídeos en los que aparecían los aviones, pero no era posible. No me lo podía creer. Enormes hombres de metal, de tres metros y medio de alto, salían ordenadamente de sus transportes. Pero lo peor era que, por medio de algo que parecía ser un gas, estaban aniquilando a todo el mundo. Al poco, la cámara que estaba grabando cayó al suelo.
Miré por mi ventana, y me percaté de que había uno de esos seres en la acera de enfrente. Mientras, la gente huía despavorida. Habiendo visto todas esas cosas, cogí rápidamente una maleta y eché algunas ropas, dinero y una selección de aparatos electrónicos. Llegué al ascensor, y bajé hasta el garaje. Se oía un martilleo rítmico sobre mi cabeza, pero no me detuve a comprobar lo que era, sino que corrí hacia mi coche, un impresionante Lamborghini de color negro. Con los nervios, no conseguí recordar el código de activación, por lo que tuve que serenarme un poco. Unos segundos más tarde, estaba metiendo el acelerador hasta el fondo. Por unos milímetros no me llevé una columna por delante. Llegué hasta la puerta, y pulsé el botón del mando a distancia. Y allí estaba. entre la calle y yo, se interponía una enorme estructura metalica, mirándome con cuatro grandes ojos azules. Era ahora o nunca. Solté el freno, y me lancé contra la enorme máquina. Apreté un botón del panel de control del coche, y un torpedo salió disparado hacia delante, impactando justo en el centro de la oscura figura. Hizo pum. Pasando sobre los restos llameantes, alcancé la ansiada libertad. Bueno, casi, pues en la calle habia dos artefactos más. Y bastantes personas inconscientes en el suelo, o con horribles heridas.

Una hora más tarde, llegue a una gasolinera. Estaba desierta, quizá gracias a una figura que se veía en el horizonte. Sin preocuparme, llené el depósito hasta los topes, y me llevé dos garrafas más de reserva. En la tienda, me aprovisioné de todo lo que podía necesitar para mi supervivencia: caramelos, bebidas, revistas… y conecté mi PDA al Wi-Fi del local. Fluctuaba. A duras penas, me enteré de que los supervivientes se estimaban en 500 millones de personas alrededor de todo el planeta. Y bajando. África estaba prácticamente vacía, Asia se había reducido al 10%. A lo largo de todo el mundo, las fuerzas armadas de todos los países destruían aquellos engendros, y muchas de sus naves caían bajo los provisionales plazas armadas de las ciudades. Volví al coche y, comiendo palomitas, llegué al aeropuerto.

Bueno, hasta ahí he llegado. Como ha dicho el profesor, me he quedado descansado.