La llegada del más allá (I)

Sé que estos días no he escrito mucho (de hecho, nada), pero la vuelta al curso ha ido bastante liada. Estos días he hecho un poco de todo, incluso instalar Ubuntu en un ordenador (y arreglar otro, por cierto). Para Lengua, por un motivo indefinido, me mandaron escribir un relato corto (con la característica de que debía empezar por “Haz lo que quieras. Eres libre. Tus historias ya no me importan“), así que, como con todos los trabajos creativos, lo pongo aquí (por partes, para que no sea tan pesado:


—Haz lo que quieras. —dijo Euley— Eres libre. Tus historias ya no me importan—dijo, volviendo a ponerse las gafas.

—Te lo advertí, pero ni tú ni nadie de este planeta me hizo caso. Aunque, en el fondo, sabía que este momento acabaría llegando. Hasta nunca. Antes, te habría deseado buena suerte, pero, ahora, sólo puedo decirte que ojalá tu vida acabe pronto.— Y, diciendo esto, tocó la luz que lo engullía todo, desapareciendo.

Y así es como se despidió Rasmic de la Tierra, abandonándola a su suerte. Aunque poco podía hacer él, pues era uno contra millones.

Pero contemos las cosas en orden. Para empezar, deberíais saber que, en el año 2055, la vida en la Tierra era sosegada y tranquila. No había pobreza, ni guerras entre países (principalmente, porque no había países), ni peligros de ningún tipo. Un buen día, un equipo de científicos ideó un artefacto que, en teoría, permitiría crear un túnel entre universos paralelos. Tras años de esfuerzo y dedicación, consiguieron construir la máquina. La conectaron al equivalente de la Tierra del otro universo, pero, al parecer, no funcionó. Los científicos, desanimados, abandonaron el proyecto, y no se volvió a saber más del asunto.

A pesar de que creían haber fracasado, en realidad habían logrado crear un minúsculo túnel entre los dos planetas. En el otro mundo, al mismo tiempo, una criatura que hoy diríamos que se asemeja a un chamán indio con seis extremidades estaba a punto de dar caza a algo similar a un mono. Repentinamente, y aparentemente sin motivo alguno, ambos desaparecieron.

Por algún error técnico, durante el camino el cuerpo del mono se fusionó con la conciencia del chamán, resultando de ello un único ser. Además, debido al movimiento de la Tierra en el espacio, no reaparecieron en el mismo lugar en que se encontraba la máquina, sino en un parque infantil bañado por la luz de la luna. Desorientado, el chamán con su nuevo cuerpo intentó pensar qué había ocurrido, decidiendo que lo a lo mejor era todo un sueño, y que si se despertase todo volvería a la normalidad. Buscó por los alrededores, y encontró un seto en el que se resguardó para pasar su primera noche en el planeta Tierra.

Tras algunas horas de sueño, Rasmic (que así se llamaba el chamán) se despertó sobresaltado. No sabía por qué, pero algo iba mal. De repente, sintió un dolor localizado en su cuello, y apenas pudo ver una fina aguja hundiéndose en su piel.

Al día siguiente, ajena a una buena parte del mundo que le rodeaba, una niña de siete años iba con su madre a buscar un regalo sorpresa, ya que era su cumpleaños. Su madre le había dicho que le iba a gustar mucho, y la pequeña seguía emocionada a su madre. Al poco tiempo, se detuvieron y entraron en una tienda (aunque Euley no lo sabía, en realidad se trataba del lugar al que iban a parar todos los animales abandonados). La niña se quedó sorprendida al ver tal cantidad de animales encerrados en apretadas jaulas (y sospechosamente tranquilos, pero la niña no se dio cuenta). La madre le dijo:

—Euley, puedes coger un sólo animal de todos los que hay en la tienda. Elígelo bien.

Tras mucho pensar, acabó eligiendo un bonito mono de pelaje castaño que dormía plácidamente.

Al llegar a casa, Euley adecentó un rincón de la terraza para que Trufa (así llamó la niña al mono) pudiese vivir tranquilamente. Durante varios meses, ella cuidó del simio sin preocuparse por nada más. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, un buen día, el simio le dijo:

—Hola. Me llamo Rasmic. Sé que llevas un buen tiempo cuidándome, y de hecho, enseñándome a hablar, pero yo no sé por qué estoy aquí. Por algún extraño motivo aparecí aquí, encarnándome en el cuerpo de un mono al que yo pretendía dar caza. Según tengo entendido por lo que he oído, aquí sólo podéis hablar vosotros los humanos. Sin embargo, yo también puedo, y de hecho conozco un montón de cuentos. Si quieres, podrías enseñarme más acerca de este extraño mundo, y yo podría contarte muchísimas historias de mi planeta.

Euley, al principio incrédula, pensó que se trataba de una broma, ya que los monos no podían hablar, pero conforme fue pasando el tiempo y éste seguía hablando y contándole historias, se dio cuenta de que su mascota era algo único. Poco a poco, fue trabando amistad con el macaco, hasta hacerse inseparables. Por las tardes, después del colegio, Euley enseñaba diversos juegos a Rasmic, y por las noches éste le contaba historias a ella. Así, día tras día, aumentaba su amistad.

Continuará…


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