mar 25 2012

Eureka

Suele aparecer por algo curioso que dijo alguien, una idea peculiar escrita en un libro o una repentina nueva forma de ver cierto tema. Pero su nacimiento siempre va seguido de un clic. En efecto, hablo de una idea. De cualquier idea, de hecho. Al menos en mi caso.

Hasta donde llega mi memoria, siempre he querido ser inventor. Salvo un breve periodo en el que me apeteció ser mercenario (producto sin duda de haber leído un álbum de Mortadelo y Filemón), toda mi vida he querido emular a genios como Da Vinci o Tesla. Sin duda, la saga de Artemis Fowl y mi siempre creciente colección de Lego Technic (el de los engranajes, no el de los cubos) contribuyeron a forjar mi determinación sobre este tema. Y es que ya de pequeño tenía ideas bastante interesantes, aunque esté mal que sea yo quien lo diga: mi primer recuerdo sobre este tema se remonta a cuando yo tenía 4 años, y dura tan solo unos pocos segundos. En él aparezco bajando las escaleras de casa de mis abuelos pensando en qué podría hacer si tuviese un motor de Lego. He olvidado si llegué a averiguar qué hacer con ellos, pero de todos modos no me hice con uno hasta bien entrado en Primaria. El segundo recuerdo no es un momento como tal, sino una idea. Probablemente una de las ideas a las que más tiempo haya dedicado nunca: la máquina de hacer tortillas.

Podrá sonar absurdo, probablemente lo sea. Aunque tras ver hace unos días proyectos muy similares en el Premio Don Bosco no me parece tan descabellado que pueda llevarse a cabo; de hecho eso fue lo que trajo de vuelta mi peculiar máquina a mis pensamientos. Hoy en día sabría cómo construirla, probablemente variando muy poco el diseño original que planeé con ¿7? ¿8 años? Por desgracia he perdido cualquier dibujo que hubiese podido hacer, así que me tocaría volver a ingeniar los diversos mecanismos de que estaba compuesta. Pero esta entrada no pretende versar sobre cómo recordar lo olvidado. Más bien, al contrario.

He tomado como punto de partida esta “máquina de hacer tortillas” como podría haber elegido cualquiera de las docenas de inventos variados que guardo con celo en una carpeta amarilla. Pero por ser el primero que recuerdo con cierta claridad le ha tocado. Como iba diciendo unas líneas más arriba, siempre que he tenido una idea (principalmente, una idea “técnica”) ha ido acompañada de ese clic. Realmente no sabría cómo definirlo con exactitud, ni siquiera si esa sensación es experimentada de igual manera por todo el mundo. En mi caso consiste en sentir de repente una especie de sosiego, el abrupto fin de una inquietud de la que no me había percatado hasta ese momento. Como si de repente todo mi cerebro diese un saltito. Clic.

Pero no todo acaba ahí. Ni empieza, de hecho. Cada idea suele ir precedida por algo fuera de lo común que hace reflexionar (consciente o inconscientemente, no lo sé) a nuestro cerebro. A mí me suele ocurrir con las clases de Física, aunque no me limito sólo a eso. Si nos limitamos al colegio, también las de Matemáticas, Dibujo Técnico o Electrotecnia me provocan nuevos pensamientos.  Sinceramente, no estoy seguro de por qué la idea ocurre, pero el caso es que lo hace. Un libro muy interesante sobre este tema es Las buenas ideas, de Stephen Johnson, del que me tomaré la libertad de citar su conclusión:

Dese un paseo. Cultive sus corazonadas. Escríbalo todo, pero mezcle las carpetas. Celebre la serendipia. Cometa errores fértiles. Disfrute de aficiones variadas. Frecuente los cafés y demás redes líquidas. Siga los vínculos. Deje que otros construyan encima de sus ideas. Tome prestado, recicle, reinvente. Construya un enmarañado ribazo.

Básicamente, lo que dice este hombre es que si pretendemos tener buenas ideas lo peor que podemos hacer es llevar una vida rutinaria sin acicate intelectual alguno. Y mi experiencia no hace sino corroborarlo. Otro tema es ya el desarrollo de la idea, lo que hacemos con ella después del chasquido de marras. En algunas ocasiones no hay nada más sobre lo que pensar: simplemente se tiene la idea, y ya. No hay por qué perfeccionarla. Pero la mayor parte de las veces el recorrido del invento en cuestión no ha hecho más que comenzar: a ese núcleo que acaba de nacer se van añadiendo modificaciones, correcciones… incluso puede acabar no teniendo nada que ver con lo que era en sus orígenes. Durante un tiempo se tiene la idea en la cabeza, se va meditando sobre ella, tal vez se explique a alguien que te dice lo inviable que es. En ocasiones, esas voces insidiosas tienen razón: por grande que sea nuestro entusiasmo hay cosas que no son posibles. Pero es mejor pensar que se equivocan, y seguir incubando la idea. Todo ello hace que poco a poco madure hasta que nos demos cuenta de que ya no la podemos hacer crecer más. Que ya es una Idea con pleno derecho, digna de ser escrita en un folio en blanco y guardada en una carpeta.

Eureka.


mar 8 2012

PRIMER PUESTO EN EL XXV PREMIO DON BOSCO!!!!

Más contento que chupillas

Han pasado ya casi 9 horas, y sigo sin creérmelo. En efecto, he quedado primero de mi categoría en el Premio Don Bosco, celebrado los días 6, 7 y 8 de marzo (oséase, anteayer, ayer y hoy) en el colegio Salesianos de Zaragoza.

El proyecto, mi ya veterano Osciloduino (aunque en esta ocasión, la versión 2.0), debió de gustar al jurado, ya que me hicieron bastantes preguntas tras el examen. No obstante, como mucho aspirábamos a un tercer puesto. Pero todo lo contrario. Cuando nos han nombrado tras las mágicas palabras “primer premio”, nos hemos mirado Abraham (mi profesor) y yo con cara de póker. Se nos debía de notar, ya que lo primero que nos han dicho Belloch y Rudi (entre otras autoridades que entregaban los premios) ha sido “No os lo esperabais, ¿verdad?”. El caso es que, este año sí, las muchas horas que hemos invertido en nuestra “caja de puros” han dado su fruto, tras año y medio de trabajo constante.

Con Chus, dos años ganador. Un crack. Sí, el de Riojinux.

El certamen ha sido espectacular: gente majísima, la organización impecable, los premios fabulosos. ¡Si incluso nos han regalado libros a todos! En definitiva, una experiencia MUY gratificante. Ya os digo, llevo con una sonrisa de oreja a oreja desde por la mañana. Ahora me concederé un breve periodo de descanso, y pronto empezaremos a trabajar en la 3.0, cuyas bases sentamos hace ya algunas semanas. Vamos, que el proyecto no acaba aquí: con suerte, en unos meses tendremos ya el primer prototipo comercialmente viable. Pero para eso aún queda trabajo, aunque después de esto no creo que remolonee tanto.

En fin, cuando tenga más información iré publicando, pero de momento lo único que sé es que mañana me mencionarán en el Heraldo, así que podéis aprovechar para comprarlo. Y yo ahora voy a estudiar, que en 11 horas tengo dos exámenes de Evaluación y todavía patino. Sí, vivo al límite. Dijo la asíntota.


feb 18 2012

X Salón del Cómic de Zaragoza

Hace ya dos meses que la sala multiusos del Auditorio de Zaragoza acogió el evento friki de mi ciudad por excelencia: el Salón del Cómic, que este año celebraba su décima edición.

Como ya os estuve comentando, para este Salón llevaba idea de disfrazarme de Sauron, el malo maloso de El Señor de los Anillos. Esta vez, a diferencia del año pasado, empecé el cosplay mucho antes, en verano, para así poder tenerlo acabado para diciembre, al igual que dos amigos que también planeaban ir de personajes (malvados, por supuesto) de Tolkien: el Rey Brujo de Angmar y Balrog, la criatura a la que Gandalf se enfrenta en el puente de Khazad-dûm. Por desgracia, éste último finalmente no pudo venir, ya que optó por ir al viaje de estudios del colegio.

Finalmente, llegó el día: viernes 16, jornada completa donde las haya, pues el mismo día Ernesto (Rey Brujo) y yo teníamos la prueba de la Olimpiada Matemática, cuya segunda parte terminaba a las 19:30. Como os comenté, salí del examen, tomé un ibuprofeno y fui al Auditorio (sin cosplay, claro) para qué ambiente había. Recuerdo haber visto a varios amigos y conocidos allí, pero al escribir esta crónica después de haber pasado tanto tiempo hay algunos detalles que he olvidado. Tras darme una vuelta por los stands regresé a casa a dar los últimos retoques a mi disfraz, ya que al día siguiente tenía que lucir los varios kilos de cartón, papel de periódico y cola blanca que lo conformaban.

Ernesto, Elena, servidor, Luis y Leti. Alta concentración de midiclorianos!

Sábado, 9.00. Me desperté temprano para ponerme por primera vez la armadura completa. Sin lugar a dudas, fue todo un acierto: no me esperaba que necesitara hora y media y otro para de manos para poder sujetar todas las piezas. Sólo las rodilleras (probablemente, la parte menos elaborada del disfraz) me supusieron 20 minutos de pelea con los imperdibles.

A las 11:30 salí de casa con Ernesto, quien no se había puesto todavía su disfraz. A fin de cuentas, yo no tenía pensado llevarlo en ese momento; fue, por así decirlo, un simulacro para ver cómo se portaba el traje en movimiento.

Una vez hubimos entrado en el Salón comenzamos, para mi vergüenza, a atraer los flashes de las cámaras. Tampoco es que me importara mucho: ya sabía que aquello iba a pasar, y llevar el casco puesto lo hacía bastante soportable. Pero, además de los paparazzis, también comencé a encontrarme con varios amigos.

Tras el simulacro y vuelta de reconocimiento volví a casa para poder cambiarme y estar presentable para la comida, una de las mejores cosas que hice durante ese loco fin de semana. No era para menos: se celebraba la primera quedada de FrikisZaragoza, un grupo cuyo nombre es bastante autoexplicativo. Creo.

Durante un par de horas estuvimos comiendo y charlando, y a pesar de no conocernos la mayoría (al menos, físicamente) el tiempo se nos pasó volando. Podría extenderme durante un buen rato sobre este tema, pero creo que la crónica que hizo @KilFer es mucho más exacta, además de estar escrita en su peculiar estilo. El mérito del diseño del blog es de @geekandela, quien hizo incluso un banner para publicitar la quedada.

Lo cierto es que lo pasé realmente bien: buena comida, gente interesante… y lo mejor, ¡todos frikis! Y si pensáis que no podía ser tan exagerado, sólo os diré que entramos al restaurante con una chica disfrazada de oso y la marcha imperial sonando de fondo.

Tras la comida, volví a casa para ponerme de nuevo el cosplay, ya que a las 18:00 Ernesto y yo teníamos que hacer aquello que llevábamos preparando tanto tiempo: la actuación (en realidad miento; 4 días antes aún no sabíamos qué hacer). Sobre las 16:30-17:00 volvimos al Auditorio provocando el cambio de acera (sentido literal) de muchos peatones que, al parecer, no querían caminar junto a dos pacíficos habitantes de la Tierra Media. Tuvimos suerte: a pesar de la kilométrica fila que había, todos los de FrikisZaragoza estaban a punto de entrar y nos colaron. Nadie se atrevió a protestar.

En cuanto entramos, se produjo desbandada general: cada friki se fue por su lado, y sólo quedamos juntos 6 ó 7. Durante un rato anduvimos encontrándonos con gente y curioseando por los diversos stand, haciendo tiempo hasta que empezara el espectáculo.

Ya el año anterior me tocó subir a aquel escenario, también con Ernesto. Por desgracia, por aquel entonces no sabíamos que había que preparar una actuación, así que improvisamos un pequeño diálogo. Pero esta vez íbamos preparados, y la espera con los demás participantes no se nos hizo muy larga.

“Actuaron” (si es que se puede emplear esa palabra en todos los casos) varios amigos, aunque tal vez lo que más me gustó fue la coreografía de Happy Synthesizer, de Paula con cosplay de Hatsune Miku. Y, bueno, llegó el momento: el presentador, un hombre disfrazado de Hernández o de Fernández (sigo sin tenerlo muy claro) nos llamó al escenario.

Si os soy sincero, apenas estaba nervioso: el respeto que impone una multitud como la que teníamos delante (200-300 personas, tal vez) aniquiló todo miedo que pudiese tener. Y es que, como dice Terry Pratchett en una de sus novelas, “tenía un plan. Y un hombre con un plan, por malo que éste sea, siempre es peligroso, pues no duda al actuar”. Efectivamente, el hecho de saber perfectamente qué debíamos hacer en cada momento nos permitió llevar el asunto con bastante dignidad. Lo cual no quita que cometiésemos varios errores, o se me olvidara en ocasiones cómo seguía la letra. Pero bueno, lo hicimos, y mucho mejor de lo previsto a juzgar por la recepción del público. En serio, jamás imaginé que una multitud aplaudiendo pudiese impresionar tanto. En fin, voy al grano: con todos ustedes, Sauron y el Rey Brujo interpretando ¡Camino Moria!

Probablemente, una de esas cosas que hay que hacer al menos una vez en la vida. Por cierto, el vídeo lo grabó Laura (@XxGoldenSoulxX)!

Por otro lado, había cosplays realmente llamativos: desde los clásicos Jedi y stormtrooper hasta un grupo disfrazado de personajes del Team Fortress, pasando por un peculiar orco de Warhammer cuya armadura me impresionó por tener la mayor concentración de cinta americana que he visto en la vida.

Probablemente, una de mis fotos favoritas de todo el finde.

Al día siguiente volví a ponerme el traje, ya que mis primos querían verme en acción. Por suerte, no había mucho que hacer y regresamos a casa pronto. Por la tarde, ya vestido de calle, aproveché para comprar algún que otro cómic (Arrugas, de Paco Roca, altamente recomendable) y la camiseta friki de rigor (en esta ocasión, una muy chula con el juego de piedra-papel-tijeras-lagarto-spock). También encontré un puerro de Miku de peluche a un precio decente, algo que llevaba buscando desde hacía un año.

Conforme fue avanzando la tarde la sensación depresiva característica del domingo fue adueñándose de todos nosotros, hasta que llegó la hora de partir, ya con ganas de que llegase el próximo Salón.

Ahora está guardado en una caja, esperando diciembre....

Tras escribir esta crónica me doy cuenta de que, efectivamente, el haberla postergado tanto ha hecho que haya olvidado muchos detalles, así que si me he dejado algo tened en cuenta que fueron tres días muy intensos. De todos modos, todavía me queda algo de hueco, así que os diré que me sorprendió el gran número de tuiteros que había, muchos de los cuales me reconocieron (diré a mi favor que con el casco puesto se me veía desde una distancia considerable). Por todos lados había gente a la que seguía, o de la que había oído hablar. Me parece que jamás había desvirtualizado tanto en tan poco tiempo. En cualquier caso, este Salón pasa a ser, sin lugar a dudas, el mejor en el que he estado nunca, tanto por lo bien que me lo pasé como por la gente que conocí. Amigos con los que parece que lleve toda la vida.

Y así, lectores que hayáis aguantado hasta aquí, acaba el relato de mis trepidantes aventuras durante el X Salón del Cómic de Zaragoza. Así sucedió, y así os lo cuento.


ene 31 2012

Hablemos de tuercas: nuestro blog de la RepRap

Faltan dos del equipo; ¡necesitamos una foto de familia!

El año pasado decía por aquí que había logrado, por fin, mi sueño de montar un club de robótica en el colegio. Si bien no es estrictamente robótica lo que hacemos, se le parece bastante, pues nos encontramos inmersos en la construcción de una impresora 3D RepRap Mendel Prusa. Aunque llevamos ya varias quedadas en las que no hemos hecho más que hablar de lo que habría que hacer, hace 3 semanas comenzaron a llegar las piezas poco a poco, y ya hemos quedado un par de tardes a montarla. Para que nuestras madres piensen que no malgastamos demasiado el tiempo, hemos creado un blog en el que documentamos los progresos que vamos haciendo.

Dicho esto, el blog es éste:  ¿Pero las impresoras no imprimían en papel?

La verdad es que yo tengo muchas esperanzas puestas en este proyecto, ya que podría ser el desencadenante de un verdadero club en mi colegio. Pero eso es otra historia, y merece ser contada en otra ocasión.


ene 12 2012

Osciloduino en el Hacklab CAT Arduino

¡No podéis faltar!

Hace unas semanas me enteré de la existencia del primer Hacklab CAT Arduino, un evento coorganizado por los chicos de Libelium/Cooking Hacks, a los que conocí en la OSHWCon. Tras ver el programa, me apunté sin dudar a un taller sobre diversos módulos para Arduino que le añaden capacidades inalámbricas; pinta bastante bien. Sin embargo, el motivo principal por el que estoy escribiendo estas líneas es para informaros de que este sábado por la tarde y el domingo por la mañana estaré en el CIEM exponiendo el Osciloduino. Aunque presentaré la misma versión que ya se vio en el Premio Don Bosco y en la OSHWCon, ya tenemos relativamente avanzado el nuevo modelo, pero tendrá que esperar un par de meses más para que sea tangible.

Me enrollaría un poco más, ya que tengo tema para rato, pero desde hace un mes apenas he parado; por suerte, ahora empieza el colegio y podré descansar (no, no hay ironía alguna). Tengo pendiente todavía una entrada sobre el Salón del Cómic de Zaragoza que espero tener terminada antes de la semana que viene, ¡así que no os impacientéis!


dic 5 2011

¿A qué temperatura está el filamento de las bombillas? [Experimento]

Cuánta tensión, ¿no?

Hace ya un par de meses, cuando el curso estaba comenzando, tuvimos una clase de Electrotecnia en la que se explicaron diversas magnitudes: intensidad, voltaje, trabajo… y resistencia. Tal vez sea porque nunca he terminado de comprender muy bien qué son los voltios y los amperios, pero el caso es que los ohmios siempre me han parecido realmente interesantes, lo que me hizo prestar (más) atención a la explicación. Como ya sabía desde 3º de la ESO, la resistencia se rige por la siguiente fórmula:

Siendo l la longitud del elemento conductor, A su sección y ρ la resistividad. Cada material tiene una resistividad propia; así, dos cables con la misma longitud y sección, pero diferentes resistividades tendrán una resistencia eléctrica diferente.

Pues bien, resulta que la resistividad varía en función de la temperatura. Al igual que muchos de vosotros, yo ya había oído hablar de esto: la superconductividad es la aplicación más conocida de este principio. Sin embargo, no conocía la fórmula que relaciona la resistividad con la temperatura:

Donde α es el coeficiente de temperatura: una constante propia de cada material que define la relación entre temperatura y resistividad.
A raíz de esta fórmula, el profesor dejó en el aire que se puede saber de qué está hecho un material en función de su resistencia a diferentes temperaturas, comparando el α obtenido con los de otros materiales.
Pues bien, aprovechando esta fórmula, me propuse averiguar de qué material está hecho el filamento de mi bombilla. Aunque ya sabía que era tungsteno, nunca está de más comprobar que lo que pone en la etiqueta es cierto. Para ello empleé la fórmula anterior, sólo que despejé la resistencia, una magnitud que yo sí podía medir.

Pues bien, con la parte teórica ya dominada, sólo me restaba pasar a la práctica. Lo primero que hice fue medir con el multímetro la resistencia de la bombilla a temperatura ambiente (aproximadamente, 21ºC), y obtuve un valor de 94Ω. El siguiente paso resultó algo más difícil: tenía que lograr medir los ohmios de mi filamento con una temperatura sustancialmente diferente. Mi primera idea fue realizar esta medición con la bombilla encendida, pero me di cuenta inmediatamente de que, a no ser que no me importara electrocutarme o llevarme unas buenas quemaduras, no era una buena solución. Por lo tanto, decidí reducirr la temperatura en vez de elevarla. Dicho y hecho: conecté un par trenzado de cables a la bombilla con un poco de celo y blu-tack (todos deberíais llevar siempre un pegote en el bolsillo; nunca se sabe cuándo puede hacer falta), la metí en una caja, hice sitio entre los trozos de salmón, y p’adentro del congelador. Para poder hacer las medidas sin interferir en la temperatura dejé los cables colgando por fuera de la puerta y conectados al tester:

Casa domótica, versión low cost.

Junto con la bombilla metí un termómetro de alcohol para saber con precisión la temperatura a la que se encontraba mi congelador, ya que no estaba seguro de que el indicador integrado diera una medida veraz. No obstante, funcionaba perfectamente: -19ºC. Aunque no sé cuánto rato hay que esperar hasta que la temperatura de la bombilla quede estabilizada, sí que se puede ver en el multímetro la variación de la resistencia bastante ostensiblemente. Al cabo de un rato volví a la cocina (probablemente, a picar algo), y me di cuenta de que ya se había fijado la resistencia en 80Ω. Pues bien, con estos datos y la fórmula anterior despejé el coeficiente de temperatura:

Dato que, si lo comparamos con los que ofrece la Wikipedia, nos confirma que se trata efectivamente de tungsteno (mi amada enciclopedia dice que el coeficiente es 0.0045, pero mis mediciones no eran precisamente precisas, valga la redundancia).
Pues bien, ya hemos comprobado que el material de los filamentos se trata de tungsteno o wolframio, tal y como nos han enseñado desde pequeños. No es otra de esas mentiras, como la de que nada puede ir más rápido que la luz. Pero ahora que hemos obtenido este insidioso coeficiente, ¿qué podemos hacer con él? Como ya he dicho anteriormente, me planteé medir la resistencia del filamento con la bombilla encendida, pero no podría haberlo hecho debido al calor que desprende ésta. De todos modos, tampoco me habría servido de nada, ya que no tengo forma de meter un termómetro dentro de la envoltura para poder medir la temperatura del hilo. Sin embargo, conociendo el α de marras sí que es posible obtener ese dato.
“Pero tampoco conoces la resistencia en caliente”, diréis. Efectivamente, no la conozco, pero puedo calcularla con dos fórmulas, mucho más sencillas: la Ley de Ohm y la definición de Potencia:

Donde V es la tensión eficaz de la red eléctrica (230V) y P la potencia de la bombilla (en mi caso, 40W). Sustituimos, et voilà! Obtenemos la nada desdeñable resistencia de 1322.5Ω. Y ahora, ¿qué hacemos con esto? Pues de nuevo trasladamos los valores a la ecuación que relaciona resistencia con temperatura, y despejamos:

Una temperatura bastante respetable. A pesar de que este dato se aproxima mucho a la realidad (2800ºC, según esta web) no es plenamente correcto, pero de nuevo me escudaré en la poca precisión (casi nula) de mis mediciones. De todas formas, se trata de un error de menos del 7%, no está tan mal. Probablemente no se trate de un experimento que pueda demostrar concluyentemente nada, pero a grandes rasgos ilustra por qué el lugar más caliente de nuestras casas dista mucho de ser el horno pirolítico.
Moraleja: nunca toquéis una bombilla encendida.