sep 8 2013

Querido blog

¿Te acuerdas?

Querido blog:

El otro día te escribí por primera vez en casi un año. Aunque en todos estos meses me he propuesto hacerlo en varias ocasiones, por diversos motivos he acabado posponiéndolo, diluyendo en el tiempo las pequeñas punzadas de culpa que me provocaba no hacerlo. De hecho, llegué a escribirte dos entradas, aunque no te lo creas. Una, cuyo tema no logro recordar, acabó en el limbo de los posts esperando una conexión a Internet que nunca llegó: escrita en un archivo de texto y guardada en una olvidada carpeta sepultada en las profundidades de mi disco duro. La otra, más reciente, no llegué a terminarla por suerte para ti y para mí. No aportaba nada, y fue fruto de un arrebato de rabia de esos que te impulsan a vomitar palabras hasta dejarte sin fuerzas. Ahora reposa en la papelera de reciclaje, esperando un inminente formateo que la devolverá al sitio de donde no debería haber salido.

Te preguntaría por tu salud, pero prefiero serte sincero y no hacerme el sorprendido cuando me contestes que has estado muy relajado, con ocasionales convalecencias de las que poco recuerdas. Tranquilo, ya lo sé, y aunque no lo parezca mi padre y yo nos hemos preocupado cuando te has quedado sin energía, dándote de nuevo los voltios que te mantienen con vida.

Pero, como decimos las personas, no sólo de pan vive el hombre. O, como podríamos decir sobre los de tu especie, no sólo de un servidor bien cuidado vive el blog. Tanto nosotros como vosotros necesitamos algo más para vivir, y se trata de las palabras. De ese alimento has estado privado en los últimos tiempos, algo de lo que no me he preocupado tanto como debería. Hace unos semanas te hice una visita (puede que te dieras cuenta, aunque intenté no hacer ruido), y contemplé con cierto dolor el estado en el que te encontrabas. Parece ya algo lejano, pero hace 4 ó 5 años recibías tu buena dosis de entradas cada dos días. En cambio, en el último año tan solo has tenido una.

A lo largo de tu existencia has sido testigo de cómo he ido creciendo, y has sido tal vez quien más me haya conocido, tanto por las entradas que te he escrito como por los borradores que guardas que nunca vieron la luz. Pero, como ya te he dicho, en estos doce meses no has tenido noticias de mí. Lo cual es una noticia en sí misma, mal que me pese. Me gustaría tener la fuerza de voluntad necesaria para cumplir el propósito, polvoriento ya, de publicarte un post de vez en cuando, pero creo ese no es el único motivo que me impide contarte nuevas historias. Hace ya tiempo me di cuenta de que, cuanto más tiempo dejaba pasar entre entrada y entrada, más intenso se hacía un sentimiento a medio camino entre la pereza, el miedo a no saber sobre qué escribir y la falta de inspiración. Pero también advertí que con tan solo ponerme ante un folio en blanco y comenzar a deslizar el bolígrafo (o las teclas) las ideas comienzan a surgir salvajemente, y la falta de inspiración se convierte en su opuesto: hay tantas cosas que contar que falta tiempo o espacio (que es lo que me está pasando ahora). Esto, junto con la reducción de ratos a solas que pueda disfrutar que ha traído el ritmo de vida que he llevado durante el último año creo que ha sido en gran parte la causa de que no haya podido enviarte las entradas que me hubiese gustado redactar.

Podría decirte que todas esas palabras que he estado a punto de escribirte en algún momento no están perdidas, que viven en mi memoria y, con algo de suerte, en forma de una fotografía o tuit que las evoque; o en una rápida anotación en la pequeña libreta que intento llevar siempre conmigo. Pero, aunque esto sea cierto, muchas pensamientos e ideas quedaron huérfanos y se han extraviado en el olvido, tal vez para siempre. Pero no está todo perdido: si bien no se pueden escribir los posts que no nacieron, sí se pueden escribir aquellos que están por nacer.

Bueno, blog, me alegro de haber pasado este rato contigo. Creo que lo necesitábamos los dos, y me gustaría repetir cuanto antes. Tú ya sé que también. Ahora voy a ver si logro arreglar un poco este té que me he hecho hace unos párrafos, se ve que con las prisas le he quitado las hojas demasiado pronto y está bastante aguado. ¡Ah! Intenta no enfermar mientras esperas mi próxima entrada, que dentro de poco me toca actualizarte la versión de WordPress y tienes que estar sano para eso. Pero no te preocupes, será sólo un pinchacito y volverás a la normalidad. A la de hace un tiempo, si todo va bien.

Un abrazo,

Juan


sep 6 2013

“Espejismo”, de Hugh Howey


Espejismo, portada

"Lana", si la traducción fuera fiel

Con los ojos cansados y los dedos torpes por la falta de sueño, os voy a hablar brevemente de la razón por la que he pasado esta noche prácticamente en vela: Espejismo, una novela de ciencia ficción que publicará Minotauro en octubre de este año, y que ha sido el último superventas autopublicado de Amazon.
La que he leído ha sido una edición no venal, término que desconocía hasta que los de Librería París me pidieron que les diera mi opinión del libro antes de que saliese a la venta. Tengo que reconocer que, al ser una edición “de pruebas” el diseño de la portada no me llamó demasiado la atención, y pospuse tontamente su lectura unas semanas. Lo cual es la confirmación perfecta de que nunca hay que juzgar un libro por su portada: sin ninguna duda, éste se trata de uno de los mejores libros de ciencia ficción que he leído en la vida, y pronto pasará a ser un clásico, en palabras de la revista Wired.

Espejismo narra la historia de los últimos supervivientes de la Tierra tras algún tipo de desastre que ha dejado el planeta inhabitable, obligándoles a vivir en un silo, una profunda estructura subterránea en la que conviven miles de personas. La acción se sitúa siglos después de dicho suceso, en un entorno de rígidas normas y un control social que recuerda en ciertos momentos a 1984, de Orwell. Según creo recordar, el telón de fondo de la historia también comparte algún aspecto con Bóvedas de acero, de Asimov, pero no es en absoluto el mismo tipo de narración.

Los personajes, definidos con maestría, transmiten a la perfección su forma de ser y sus pensamientos, siendo todos testigos de una importante evolución de su personalidad. Nada parece dejado al azar, y pequeños fallos que a veces encontramos en otras historias del género y perdonamos seguidamente con cierta complacencia por haberlos encontrado brillan por su ausencia en Espejismo, al menos en una primera lectura. Que ha sido voraz, además: ayer por la tarde lo comenzaba, y hace unas horas lo he terminado con hambre de más. Porque en todo momento Howes mantiene un cabo sin atar, un enigma a punto de ser resuelto que hace que no puedas dejar el libro sin pensar cuándo podrás retomarlo o qué sorpresa aguardará al cabo de unas pocas páginas. Porque en lo que a vueltas de tuerca se refiere, la novela está repleta de ellas: ya desde las primeras páginas no he dejado de sorprenderme, o de mantenerme en tensión por saber cosas que desconocían los personajes que finalmente han acabado no siendo lo que parecían.

Sin duda, una lectura muy recomendable no sólo para el lector de ciencia ficción, sino para cualquiera que no sepa qué leer y quiera pasar un buen rato con una novela repleta de sobresaltos y que invita a su lectura.


sep 30 2012

Proyecto de Ingeniero

Hace ya dos semanas que pisé por primera vez la EINA (conocido todavía por todos como CPS), la Escuela de Ingeniería y Arquitectura, como alumno y no como mero visitante. Y la verdad es que se nota el cambio. Tan sólo llevamos unos días de clase, y ya se aprecia una diferencia abismal con el colegio, que ahora tan lejano parece. Sí, en el fondo es lo mismo: un aula, un profesor y unos cuantos alumnos, pero hay algo distinto. Por un lado, el ambiente: aunque todavía apenas nos conozcamos hay cierta sensación de camaradería bastante maja; todos tenemos aficiones en mayor o menor medida similares. También se nota mucho la libertad que uno tiene: nadie pasa lista, ya no hay ningún profesor que nos lleve de la mano, y muchas de las opresivas normas que hasta el año pasado eran de obligado cumplimiento han desaparecido para no volver. Para bien o para mal.

En cuanto a las asignaturas, son demasiado teóricas pero tampoco me quejo: Matemáticas I, destinada al Cálculo, se me está haciendo algo aburrida de momento porque hasta ahora sólo hemos repasado conceptos que ya di en Bachillerato, aunque intuyo que después de Pilares la cosa se pondrá interesante. Matemáticas II (como dicen, no hay dos sin tres: también tengo otra asignatura de Matemáticas en el segundo semestre) trata sobre Álgebra, y de momento me está gustando bastante: estos días estamos viendo matrices, y ya he entregado una práctica en la que teníamos que escribir un programa para resolver sistemas. Todo ello sin que nos explicasen exactamente cómo hacerlo, lo cierto es que las tareas y problemas que nos mandan en la mayoría de asignaturas suelen suponer un desafío… En Física I hemos empezado desde el principio, con Dinámica, aunque ya me he agenciado un imponente libro de “Física Universitaria” con docenas de problemas por capítulo que pinta bastante bien… Especialmente cuando algunos de ellos tratan sobre persecuciones de superhéroes con aceleración constante o variable. Química tal vez sea con la que me encuentro algo más desubicado: todavía no hemos empezado con la química en sí, sino que estamos haciendo un repaso (en mi caso lo es, para otros es algo nuevo) de los conceptos básicos de la física cuántica. Pero la que de momento está suponiéndome más trabajo (que no memorización, lo cual es de agradecer) es Fundamentos de Informática. Todavía no hemos empezado a programar, pero a cambio estamos aprendiendo mucho sobre cómo funcionan los ordenadores a nivel básico: cómo se codifican los números, cómo se realizan las operaciones en binario… Muy interesante, la verdad.

También me ha parecido muy curioso el contraste entre los alumnos de las diferentes carreras o grados: casi a distancia se puede ver que, por ejemplo, los de mi carrera diferimos bastante de los de Tecnologías Industriales. Que, a su vez, nada tienen que ver con los de Arquitectura. Y la diferencia es más acusada aún entre facultades: el otro día entré en Derecho a curiosear y me resultó muy chocante el ambiente que se respiraba, completamente distinto al de nuestro edificio.

Y, de momento, poco más que decir: mis horarios son bastante flexibles (uno de cada dos miércoles prácticamente tengo el día libre), mis fines de semana empiezan los viernes a las 12, estamos reunidos en unos pocos metros cúbicos la mayoría de mis antiguos compañeros de clase… Me parece que, a pesar de los exámenes, me voy a acostumbrar a esto bastante pronto.

Una cosa más: con esta entrada queda inaugurada la categoría “Universidad”, y casi abandonada la de “colegio”. DEP.

 


sep 4 2012

En otro orden de cosas

Hacía tiempo que no me pasaba por aquí, a pesar de haber terminado ya la segunda entrega de “Viaje a USA”. Pero como me falta por decidir qué fotos pondré, creo que esperaré un poco y los lanzaré en fascículos, sincronizándome con las clásicas colecciones de sacacorchos o de servilletas bordadas con que suelen bombardearnos desde el primer día de este mes.

En fin, como otras veces, me ha ocurrido que he retrasado demasiado otras entradas y al final he acabado sin inspiración para ellas, pero ha sido por pereza trabajo. Así que éste va a ser un pequeño batiburrillo de diversas cosas pendientes que tenía que contaros.

Alucinante.

Por un lado, el tema de la impresora 3D: ¡¡HOY HA IMPRIMIDO POR PRIMERA VEZ!! (Momento de hiperventilación) Así es, hoy hemos pasado unas cuantas horas parte del equipo trabajando en la RepRap y a última hora de la tarde nos ha obsequiado con un montón de piezas de una calidad brutal para la poca precisión que esperábamos. Todavía nos quedan por calibrar algunas cosillas , así como montarla de forma definitiva (hay montañas de cable rodeándola), pero en principio está terminada. Lo único restante sería aprender a emplear el software, algo que esperamos poder hacer en la OSHWCon en unos días. Con que fuese tan sólo la mitad de productiva que la del año pasado el viaje valdría igualmente la pena.

Más cosas. Como la Universidad, por ejemplo. En efecto, dentro de dos semanas estaré entrando en mi edifico (el Torres Quevedo, algún día os hablaré sobre el hombre que le da nombre…) como estudiante y no como mero visitante. Y, cómo no, la carrera elegida ha sido Electrónica. O, dicho con propiedad (que ahora somos muy fisnos), “Grado en Ingeniería Electrónica y Automática”. Si os soy sincero, tengo bastantes ganas de empezar. No de que acabe el verano, que es diferente. Pero sí que siento cierta curiosidad por ver cómo será aquello, por conocer a mis nuevos compañeros de clase, por estudiar (mayoritariamente, es un decir) lo que me gusta. Es más, tengo el presentimiento desde finales del curso pasado de que este año me lo voy a pasar bien, académicamente hablando. Y no-académicamente hablando también, espero. Pero, como digo, aún quedan unos días y no es plan de adelantar acontecimientos, que en el (dicen) verano más largo de mi vida se está muy bien.

En cuanto al blog, tengo la intención de escribir este curso más que los dos anteriores. La verdad sea dicha, no estoy seguro de si eso va a poder ser, pero considerando que el año pasado el 70% del tiempo de estudio lo dedicaba a las asignaturas de Letras y este año no voy a tener ninguna  me parece que podré sacar algo más de tiempo para desarrollar mi vena literaria. Además, quiero comentaros algunos libros muy interesantes que me he leído en los últimos meses. Otra cosa no, pero este verano está siendo muy productivo en lo que a lectura se refiere: os adelanto que en Estados Unidos me hice con 16kg de libros, lo que unido al flamante Kindle que recibí por mi cumpleaños ha hecho que se me salgan las letras por las orejas. De hecho, y permitidme que lo considere un logro personal, terminé hace poco “La Regenta”, de Leopoldo Alas «Clarín». Es más, ¡me enganchó! Está muy bien, aunque hay que leerlo con diccionario al lado. Para eso el libro electrónico es bastante cómodo, ya que clicas en una palabra y te muestra su definición…

En fin. También comentaros, o comentarme, o dejar escrito aquí para la memoria (mía, por supuesto) que estoy haciendo mis primeros pinitos con control remoto: anoche terminé un pequeño aparato controlado por Bluetooth con el que abría o cerraba un relé que permitía a mi hermano navegar o no por Internet. Os podréis imaginar que la escena acabó en gritos. Ahora quiero darle un buen uso al ingenio y probar a hacer algo de domótica, siempre me ha interesado pero nunca antes me he puesto a ello… Alguna vez tocará, supongo. Aprovecho este incidente para enunciar mi teoría-corolario sobre las ideas:

La necesidad es la madre de la invención, y tocar las narices el padre.

Estoy seguro de que es completamente cierto: incordiar suele ser, en mi caso y en el de otros muchos, un buen acicate para probar cosas nuevas. Lo cual explicaría que la mitad de las cosas que tengo montadas en mi “armario de los inventos” sirvan para minar la moral de personal de alguna u otra manera. Pero como -o eso me interesa que se piense- soy alguien bastante apacible, no seguiré dando detalles, o quizá alguien se me adelante en alguna de las cosas que tengo en la cabeza y me salga el tiro por la culata.

Finalmente, y así ya termino de registrar todo (por suerte para vuestra salud mental, tan sólo es una parte) lo que tenía estos días por la cabeza, aprovecho para comentaros que he retomado la armónica y que poco a poco voy mejorando, así que quién sabe si en algún momento lejano me encontraréis en una esquina haciendo gala de mi fantástico oído. Y ya para terminar, también me compré en USA una plumilla caligráfica Speedball, y también estoy haciendo progresos. En cuanto logre hacer algo decente os lo enseñaré por aquí.

Y creo que eso es todo lo que quería contaros. Esto es como las series de televisión: de vez en cuando toca un capítulo de fragmentos de anteriores programas porque los guionistas no tienen ideas para continuar con la trama. Aquí os deleito con párrafos inconexos para compensar la falta de algo mejor. Pero no os preocupéis (o mejor, hacedlo), que quiero ponerme en serio con las entradas de USA antes de empezar el cole…


ago 16 2012

Viaje a USA (I)

El equipo al completo.

Hace cuatro años fui por primera vez a Estados Unidos, visitando únicamente Washington y Nueva York. Dos años más tarde mis padres me apuntaron a un curso de inglés en Chicago, gracias al cual conocí a los Fischer, una familia que me invitó a pasar unas semanas con ellos al verano siguiente. Con esta trayectoria de viajes al Nuevo Mundo no sabía si mi padre estaba hablando en serio cuando me propuso volver para hacer un recorrido en coche que nos llevaría a las principales ciudades de la Costa Este, además de a numerosos pueblos y lugares que ni siquiera pensé que pudieran existir. Y yo dije que sí.

Ya llevaba unos meses gestándose en mi casa un viaje a Estados Unidos, pero tan sólo atañía a mi hermano: llevaba un tiempo ilusionado con un campamento de baloncesto en Filadelfia al que se había apuntado junto con tres amigos más. Como  el transporte corría de cuenta de los jugadores la excusa de acompañarlos hasta allí para que no se perdiesen ni tuviesen problemas por el camino era perfecta para escaparnos unos días de España. Así que a mediados de mayo compramos un gran mapa de carreteras de Norteamérica y a lo largo de casi dos meses nos pusimos a clavar chinchetas en él marcando los sitios que pretendíamos visitar. Poco a poco fueron pasando los exámenes de final de curso, los de Selectividad, el de conducir, diversos campamentos… hasta que quedaron apenas unos pocos días para nuestra partida. Con el itinerario que íbamos a seguir todavía muy poco claro (¿metíamos St. Louis? ¿Bajábamos hasta Memphis? ¿Valía la pena cruzar la frontera canadiense?) llegó la última noche que íbamos a pasar en nuestra patria por un tiempo. Y digo pasar y no dormir porque algunos nos acostamos tan tarde y nos levantamos tan temprano que casi no pudimos más que tumbarnos un rato en la cama.

14 de julio, de madrugada

Y con la modorra propia de a quien despiertan antes de que se quede dormido me vi en la estación de autobuses de Delicias con dos maletas y rodeado de mi familia, los tres compañeros de mi hermano y sus respectivos padres y madres. En España dejábamos a mi madre, quien se quedaba a guardar la casa durante nuestra ausencia. Lo que siguió es fácil de imaginar: besos y abrazos de despedida, un trayecto de cuatro horas hasta Madrid que se me hizo muy corto acaso por haber parpadeado solamente una vez en todo el camino, y nuestra llegada a primera hora al aeropuerto. Allí esperamos hasta que abrieron la puerta de embarque, que cruzamos poco después para acabar sentados y con el cinturón abrochado en el avión de American Airlines que nos llevaría al otro lado del océano. Ya no había vuelta atrás, a partir de ese momento los relojes llevaban seis horas de retraso y nuestro idioma oficial era el inglés. Lo cual no deja de ser un recurso estilístico, claro: allí hablando español te las puedes apañar perfectamente; siempre habrá un latinoamericano cerca que te saque del apuro.

El sector juvenil de la expedición...

Poco hay que decir del vuelo. Como en todos, comenzaron a confundir a nuestros estómagos dándoles a horas imprevistas comidas que no esperan. Pero tal vez a causa de esto, de estar entretenidos, en un momento estuvimos en el JFK, el aeropuerto de Nueva York. Allí cogimos un tren –Airtrain- que unía las terminales de dicho aeropuerto; y un metro que nos llevó a Pennsylvania Station (Penny Station para los amigos), estación en la que debíamos coger un tren con el que llegaríamos a Filadelfia, nuestro primer destino. Por desgracia los billetes de última hora eran excesivamente caros, por lo que tuvimos que retrasar el trayecto un par de horas. Horas que aprovechamos para que los compañeros de canasta de mi hermano (Juan Carlos, Carlos y Rodrigo) viesen por primera vez la ciudad, aunque regresamos pronto a la estación por lo incómodo que era caminar con todo el equipaje a cuestas. Finalmente nos encontramos sentados en el espacioso vagón del Amtrak, un tren que no sé si me gustó más por sus amplitudes o por el wifi abierto disponible en todos los asientos. Hora y media más tarde llegábamos a Philly, como la llaman los lugareños. Un paseo hasta el hotel, la recogida de las llaves en recepción, y por fin pudimos tumbarnos en condiciones por primera vez en unas cuantas horas. ¡Lo habíamos hecho, habíamos logrado cruzar tierra, mar e imaginarias líneas fronterizas hasta llegar a Filadelfia, primera meta de nuestro viaje!

14 de julio, por la tarde

Esto ni el pan de lembas, oiga.

Tras deshacer las maletas (aunque no demasiado; este viaje no se ha caracterizado por el sedentarismo) y reposar un poco salimos a explorar la ciudad. Íbamos con intención de hacernos una foto con la estatua de Rocky que hay a los pies de la escalinata del Museo de Arte, ésa que Stallone sube a horas intempestivas entrenándose para su combate. Lamentablemente nos enteramos de que caía muy lejos, y lo dejamos para el día siguiente. Pasando a otro tipo de intereses propios de la hora (tal vez algo más gastronómicos, pero igualmente culturales) nos pusimos en busca de un sitio en el que tomar un  Philly’s Cheesteak, un popular a la par que grasiento bocadillo típico del lugar. Una buena dosis de tiras de carne salpicadas de cebolla y zanahoria y cubiertas de queso fundido en un pan algo más blando que al que estamos acostumbrados los españoles. Cena nutritiva donde las haya, desde luego. Además, no hubo problema en hacer pasar los mordiscos pues recordamos que, al igual que en muchos otros lugares del país, rellenar el vaso una vez lo has comprado es gratis –free refills-. Con mucha fuerza de voluntad algunos logramos terminar el bocadillo, haciendo nuestro regreso al hotel considerablemente más lento que la ida.

15 de julio, por la mañana

Nos despertamos con calma, desayunamos las galletas y los zumos que habíamos comprado la tarde anterior en un 7-Eleven, y salimos a buena hora a la calle. Después de una breve parada en el Reading Terminal Market, del que luego hablaré, nos dirigimos hacia Chinatown, el barrio chino de la ciudad. No es comparable al de Nueva York, mucho más comercial. Éste es realmente un barrio de chinos, con sus tiendas y mercados todavía libres de la muchedumbre de turistas que provocan lentamente que los comercios de toda la vida acaben convertidos en una sucesión sin fin de tiendas de recuerdos. Tras merodear un poco y sentir que nos encontrábamos en otro país (a menudo éramos los únicos caucásicos a la vista) entramos en una tiendecilla a comprar algunos útiles de aseo que habíamos preferido no llevar en la maleta (a nadie le gustan toda su ropa empapada de champú, ¿verdad?).

No comments.

Una vez nos hubimos hecho con todo nos dirigimos hacia el Independence Mall, que comprendía un conjunto de edificios importantes en la historia estadounidense: allí se firmó la Declaración de Independencia, y es donde se conserva hoy en día la Liberty Bell, una campana símbolo de la independencia americana. Campana que, creo recordar, aparecía en “La Búsqueda”. La zona era bastante interesante, pero como había demasiadas filas y los peques iban justos de tiempo tuvimos que saltarnos algunas cosas. Así que cogimos un autobús y fuimos al Philadelphia Museum of Art, para ver las míticas escaleras de Rocky. Esta vez nos salimos con la nuestra, y pudimos hacernos unas cuantas fotos en medio de otras muchas personas que tampoco habían ido allí precisamente por el arte. A continuación volvimos al hotel para que los mi hermano y sus amigos cogiesen sus maletas, ya que mi padre se los tenía que llevar al campamento, que empezaba aquella misma tarde. Tras una pequeña parada técnica en Potbelly’s, una de mis cadenas favoritas de bocadillos del país (¿quién puede negarse a un saludable bocata de albóndigas?),  nuestros caminos se separaron. Mientras mi progenitor iba con el resto a recoger el coche de alquiler, servidor se encaminaba hacia el hotel, donde pensaba descansar unos minutos antes de irse un rato a explorar por su cuenta. Al fin y al cabo, cualquier estómago necesita reposo después de un buen meatball sandwich.

15 de julio, por la tarde

Por cierto, no había dependiente.

En cuanto me hube repuesto salí provisto de cámara y cartera, las armas del turista moderno, hacia el Reading Terminal Market. Por la mañana había visto una pequeña librería de viejo que todavía se encontraba cerrada, y esperaba encontrarla abierta esta vez. Un pequeño local, armario más bien por su tamaño, en el que se amontonaban cientos de extraños libros en estantes cuya estabilidad peligraba. Tenía su sección de magia negra y oscurantismo; como digo, un sitio realmente peculiar. A punto estuve de hacerme con esta edición de “Zaragoza” de Pérez Galdós, pero como la cosa tenía más de capricho que de utilidad me contuve. Ya habría tiempo de dilapidar el dinero más adelante. Después de un pequeño rodeo que di para volver a visitar Chinatown, esta vez con menos prisa, orienté mis pasos hacia lo que viene siendo el “casco histórico”: las calles aledañas al National Mall que comentaba antes. Paseé un rato por el Christ Church Burial Ground, un bonito cementerio en el que se encontraba enterrado Benjamin Franklin, y paré un momento a comprar un botellín de agua a causa del calor. Para alguien de interior como yo, acostumbrado a veranos secos, el calor húmedo y sofocante de Estados Unidos es algo agotador. Allí no hace tanto calor como en España, pero por lo que nos dijeron unos valencianos que encontramos en Nueva York, la humedad americana es mucho más extrema que la que tenemos aquí. Así que ya sabéis: si pensáis cruzar el charco en verano, ¡acordaos de llevar siempre una cantimplora encima!

La calle seguía entre la arboleda, llevando a un pequeño patio muy majo!

Paseando por la zona acabé topándome por accidente con la calle más antigua de Estados Unidos, Elfreth’s Alley. Una agradable hilera de casitas de comienzos del S. XVIII de la que es fácil pasar de largo si no la estás buscando. Poco después me llamó mi padre, que se encontraba por la zona habiendo dejado ya a los pequeños en el campamento. Como él llevaba intención de ver el callejón aparcó por la zona y dimos una vuelta, encontrando una peculiar tienda de antigüedades en la que pasamos un buen rato revolviendo periódicos antiguos y máquinas que, de haber vivido allí, me habría llevado conmigo. Acabamos con unos cuantos periódicos de mediados del S. XIX y un especial dedicado a la Segunda Guerra Mundial de 1943, una pequeña joya que pronto tendremos enmarcada en casa. Como aún queríamos pasar por el The Franklin Institute Science Museum cogimos el coche y fuimos para allá. Por desgracia nos habíamos entretenido tanto con los periódicos y el museo era tan grande que nos vimos incapaces de aprovechar la visita en condiciones, así que nada más entrar en el imponente hall del edificio decidimos dejarlo para el día siguiente, si teníamos ocasión.

Las autoridades sanitarias recomiendan tomar uno de estos al día, es bueno para la circulación.

Cansados y hambrientos regresamos al hotel para cambiarnos, ya que habíamos reservado mesa en un peculiar restaurante de Filadelfia, el City Tavern. En cuanto entramos en el local vimos que era cierto lo que habíamos leído sobre el sitio: imitaba la estética de los siglos XVII-XVIII con camareros y doncellas vestidos de época y muebles que aparentaban haber vivido unos cuantos años más que yo. El menú también era de la época colonial: antiguos platos que el chef (quien tiene un popular programa de televisión sobre comidas de antaño, “A Taste of History”) ha rescatado del olvido. Con tanta decoración y ‘espectáculo’ esperábamos que las raciones fuesen modestas; un plato innecesariamente grande para una cantidad justa de comida. Pero nada más lejos de la realidad: en cuanto trajeron mi plato (porkchop con puré de patatas y una especie de chucrut) se me abrieron los ojos como platos y me quedé paralizado ante semejante montaña de hidratos de carbono. La elección de mi padre tampoco era para menos: una pantagruélica sartén repleta de pasta, trozos de ternera y verduras. También pedimos una sencilla ensalada, pero pasó desapercibida. Digno de mención era el pan, que no cobraban a pesar de estar horneado allí mismo: la cestita que nos pusieron tenía dos tipos de panes “salados” y unos pequeños mendrugos de un delicioso pan dulce de piñones que nos encantó. Hora y pico más tarde, incapaces de terminar con semejante festín, pedimos algo avergonzados a la simpática camarera que nos metiese las sobras en una bolsa. Para que os hagáis una idea de la magnitud de los platos, los restos de esa cena fueron mi desayuno y la comida de mi padre y mía del día siguiente.

Mi padre, aunque no salga, estaba igual.

Tras el opíparo banquete regresamos al hotel sin mayor incidente que una enorme tromba de agua que nos pilló desprevenidos, ahorrándome la ducha que pensaba darme al llegar a la habitación.

16 de julio, por la mañana

Lo de la izquierda es un templo masónico!

Nos levantamos temprano, sentando lo que sería la norma de los siguientes días. Hicimos las maletas, las metimos en el coche y nos fuimos a dar una última vuelta por Filadelfia. Comenzamos deambulando por el City Hall, ayuntamiento de la ciudad. De estilo francés (a mí me recordó a la Estación de Canfranc) y con un enorme torreón algo desproporcionado para mi gusto dominaba Penn Square. Como curiosidad, fue el edificio más alto del mundo de 1901 a 1908. A continuación volvimos sobre nuestros pasos para visitar la Free Library of Philadelphia. Allí confirmamos definitivamente que los americanos tienen predilección por los edificios imponentes de corte clásico: las amplias salas de la biblioteca daban cabida a miles de volúmenes, y la gran escalinata central imponía silencio sin necesidad de cartel alguno. En el piso superior había una exposición sobre Dickens que contaba con numerosas primeras ediciones y cuadernos de notas del autor. Después de echar un vistazo a diversas reliquias decidimos que ya era hora de partir, por lo que nos montamos en el coche y abandonamos Philadelphia rumbo a Washington, nuestro siguiente destino.


jun 27 2012

Cargando el bootloader en el ATMega328

Con imagen personalizada y todo!

Hace unos meses Pablo, de Arduteka, me dio un ATMega328 (el microcontrolador que hace las veces de cerebro del Arduino) cortesía de Farnell para que hiciese algún proyectillo y redactase un artículo para su blog. Y el otro día, aprovechando que ya estaba libre, me puse manos a la obra. Es una unificación bastante buena (aunque esté mal que sea yo quien lo diga) de diversos pasos que hay que seguir repartidos por toda la web, espero que sea de ayuda a alguien!

Os dejo con el link al artículo; no lo posteo aquí porque creo que se ve mucho mejor en la web en la que está ahora.